lunes, 21 de noviembre de 2011

El invitado

El invitado

Colegio Ciudad de San Juan de Dios Alcalá de Guadaira (Sevilla) año 1.970.
El colegio era un internado, cuyos alumnos precedían de distintas regiones de España, en consecuencia los "internos" comían y dormían allí, excepto los "externos", estos últimos eran alumnos cuyas familias residían en Sevilla capital, por ello dormían en sus respectivos domicilios, para ello el colegio disponía de un auto bus que realizaba un viaje de ida a primeras horas de la mañanas, y otro de regreso por la tarde.
Los sábados por la tarde solían marcharse voluntariamente y de manera asidua a sus respectivos domicilios, algunos alumnos pertenecientes a municipios cercanos de Sevilla.
Con el propósito de que el personal que trabajaba en la cocina librara media jornada los  domingos, estos nos dejaban preparados para la cena unos bocadillos, compuestos de media barra de pan y embutido, sirviéndonos postres alternativos cada domingo por la cena, recuerdo entre otros el chocolate y la naranja.
Con aquellos bocadillos  nos quedábamos suficientemente satisfechos, ya que estaban elaborados con gruesas barras de pan, y proporcionalmente llenas de embutido, además, aquel que le apeteciera repetir podía hacerlo, siempre había bocadillos de más. 
Separando las promociones de los distintos cursos, el comedor se encontraba compartimentado con mamparas de madera a mediana altura, elevadas esta del suelo por mediación de una patas de unos cuarenta centímetros aproximadamente, con el propósito de facilitar la limpieza del comedor, en mí recinto habían varias mesas pertenecientes a mis compañeros de promoción, solían ser mesas rectangulares para seis comensales, de forma que una vez conformado el sitio asignado a cada uno, este nunca era ocupado por otro compañero, teniendo en cuenta el particular caso de los fines de semana que eran muchos los que en algunas ocasiones se marchaban a su pueblo, debido a esto, aquella regla inamovible se alteraba los fines de semana, ya que solíamos reagruparnos para no ocupar tanto espacio de comedor y por otra sentirnos más acompañados.
En una de estas, tuvimos un invitado a nuestra mesa, compañero ajeno a nuestro habitual "círculo de amigos", estos "círculos" de manera natural, se formaban principalmente por pertenecer a la misma promoción ya que estábamos juntos en las clase día tras día y curso tras curso, esto conllevaba una sintonía en las edades y por consecuencia en el reparto de asignación de camas en los dormitorios y en las mesas del comedor, de modo parecido ocurría con los dormitorios, existían los dormitorios de los mayores, los de los medianos y de los pequeños, además de este perfil de afinidades, se juntaban dos más, uno de ellos según la profesión elegida, ya que era una escuela de formación profesional, en consecuencia teníamos dos asignaturas añadidas y personalizadas según la especialidad de cada uno, siendo estas Tecnología y Practica de taller, en mí caso eran Tecnología Electrónica y Practica en el Taller de Electrónica, esto conllevaba que los alumnos que teníamos especialidades en común, estábamos más horas diarias juntos.
Aparte de la especialidad profesional escogida, en el colegio existía La Rondalla y el Grupo Musical, conllevando con esto a reafirmar nuestra coexistencia y ampliarla en otros casos, debido a que los componentes de la Rondalla, estaba formada por una parte proporcional de alumnos pertenecientes a cada una de las distintas promociones, esto era resultado lógico de una política interna, con el propósito de que llegada la fecha de terminación de estudios de la promoción de los mayores y más veteranos alumnos del colegio cada año, la Rondalla no se quedara desvalida.


La mesa en la que yo solía comer estaba constituida por los siguientes compañeros:
Antonio Escobar; José López; Luis Delgado; Miguel Ángel Campos; Ramón Bizcocho y Rubén Martín.
El invitado que tuvimos en la cena de aquél domingo, se llamaba Blázquez, creo que  aquél fin de semana faltaron en nuestra mesa, Escobar y Bizcocho, estos eran naturales de poblaciones relativamente cercanas a Sevilla, como son La Rinconada y Coria del Río, por este motivo se marchaban con regularidad  los fines de semana a pasarlo con sus familiares. 
Era muy normal que aquellos alumnos que tenían un apellido algo personal, fuesen nombrados por el apellido, en mí caso, de manera rara me libre de ello, allí era conocido por Miguel Ángel, durante los cinco años que estuve en el colegio, no hubo ningún alumno con el apellido Campos, el último año de estancia que estuve en el colegio, ingresó un alumno, que daba la casualidad que sus dos apellidos eran exactamente a los míos y en el mismo orden.
Estando aquel domingo Blázquez con nosotros compartiendo mesa, se les ocurrió a mis compañeros contarle una historia inventada a modo de broma, para comprobar su reacción,
les contaba que cuando él me viese a mí con la mirada perdida, que no me llevase la contraria, porque en esas circunstancias yo era de reacción imprevisible y muy violenta, según ellos, cuando me encontraba en ese estado yo no  escuchaba lo que a mí alrededor se hablara y se decía, dicho esto, me vi obligado a seguirles la broma, representando el papel que me habían asignado.
Cómo de comer no se había hablado nada, yo me puse muy serio comiéndome mí bocadillo, sin atender a nada de lo que a mí alrededor se hablaba y sucedía, terminado el bocadillo, hice lo mismo con el postre, que aquel día nos pusieron naranja, termino de comerme mí naranja, y a continuación cojo la naranja de Blázquez, en ese momento se queda Blázquez perplejo, sin atreverse a decir lo más mínimo, a la par que miraba a mis compañeros, estos dramatizando con gestos de asombro en los rostros, les decía, ¡ni se te ocurra!...
 Los dos principales artífices de este improvisado guión, fueron Rubén y Luis, yo circunstancialmente fui el actor invitado en aquella improvisada comedia.
Mientras me comía la naranja de Blázquez, estos dos "buenos elementos" que tenía por compañeros, seguían contándoles "historias para no dormir" a Blázquez, este cada vez más alucinado, no paraba de desviar la mirada hacia mí observándome, mientras escuchaba las violentas y dramáticas historias que mís compañeros les soltaban de mí, ya había terminado de comerme la naranja de Blázquez cuando también le quité a Luis la suya, convencido que este se aguantaría muy a su pesar y no reaccionaría, yo había estimado que no iba a desbaratar el guión a causa de la pérdida de su naranja, así que sin más remedio, ahora le tocaba a él hacer de actor, la reacción de Luis fue con gesto de asustada resignación, balanceaba la cabeza mientras buscaba la mirada de Blázquez, diciéndole que no hacía nada no fuese que la reacción por mí parte fuese a mayores y violentas, mientras Rubén dramatizaba, actuaba poniendo cara de circunstancia, a la vez que ponía su naranja a buen recaudo, preocupado por no saber cuántas naranjas sería yo capaz de comerme aquella noche, ja ja.
Aquel sainete, termino aquella noche sin desvelar la verdad de lo ocurrido, marchándonos todos para la cama muertos de risa, mientras Blázquez se marchaba preocupado y sin postre.
Al día siguiente lunes, me levante en un estado normal y totalmente recuperado, se deducía que ya se me había pasado la crisis, nunca más tuve que volver a interpretar aquél maléfico y dislocado papel.
                                                               Madrid 17 -Noviembre de 2011                Miguel Ángel Campos